A vueltas con mi blog de autor

¡Pues eso!

A vueltas con esto del blog de autor. ¿Qué es un autor sin lectores? ¡Nada! Luego… ¿Esto es un blog de autor o un blog de nada?

Esto es el blog de Jorge Aranjuez i Vilanova.

A fin de ilustrarme sobre lo que debo y lo que no debo hacer aquí, llevo leídos un montón de blogs. Algunos muy buenos, otros no tanto y unos cuantos… ¿para qué mentir?, malos con ganas. Pero todos unidos por un denominador común: un buen numero de artículos publicados de forma regular y sistemática.

Los hay que publican una reseña a la semana, o más, y que encima vierten opinión sobre temas diversos en entradas muy trabajadas con fotografías y enlaces. Entradas que se llenan de comentarios que a su vez son contestados y que, a veces, colean durante varias semanas.

Y me pregunto: ¿Cómo se hace para leer una novela por semana (como poco), escribir una reseña sobre ella, opinar sobre otros temas más o menos afines, redactar artículos didácticos que, en muchos casos, son auténticos manuales sobre materias diversas, mantener una nutrida correspondencia con los lectores, atender las listas de correos, participar activamente en varias redes sociales publicitando y promocionando todo lo anterior y, por si eso parece poco, ir escribiendo novelas?

Yo lo pruebo y no doy al abasto. ¿Será que soy un desordenado? ¿Trabajo más lento que el resto? Es evidente que algo estoy haciendo mal, pero ¡Qué!

¿Cuánto tiempo al día, como promedio, dedica un escritor a redactar sus obras? ¿A documentarse? ¿A las redes? ¿Al blog? ¿A su vida social fuera de La Red? ¿A la familia?

Iré intentando hallar respuesta a las anteriores preguntas y plasmándolas aquí, aunque sea para mí solo. Y si es verdad, como se me ha dicho en repetidas ocasiones, que a la gente sí le interesa lo que hago, el resto ya irá viniendo

¿O no?

Por supuesto, si lees esto y quieres… ¡PUEDES COMENTARLO!

Los fantasmas del sargento Porras (V)

Cabecera

—La noche pasada, a las doce en punto, la Tía Angustias fue despertada por algo; imagino que algún ruido hecho ex profeso. Cuando abrió los ojos y quiso encender la luz para ver lo que pasaba, no lo consiguió porque el interruptor estaba estropeado. Sin embargo, aun y en plena oscuridad, distinguió una forma junto a la ventana. En principio no supo lo que era, pero poco a poco, conforme su vista se amoldaba a las circunstancias, fue definiéndose. No sé en este momento cuál era dicha forma aunque me atrevo a asegurar que debería parecer un ser humano o quizá algún animal de gran tamaño. Lo que sí me atrevo a asegurar es que desprendía luz.
››Quiero que se imaginen ustedes en la tesitura de la pobre anciana. Indefensos en mitad de la noche, a oscuras y contemplando un ser fantasmagórico y luminiscente en su propia habitación. ¿Qué no llegarían a imaginar? ¿A qué ritmo batirían sus corazones? Y si uno de esos corazones fuera débil y enfermo ¿cuál sería la consecuencia?
››Pero no acaba aquí la cosa. No. ¡Que va! Por si la muerte no ocurriera de forma inmediata, (como lo demuestra la posición de los brazos), han de imaginar que ese ente aterrador cobra movimiento, se eleva en el aire y se abalanza sobre ustedes, es posible incluso que acompañado de sonidos lúgubres.
Porras tuvo constancia de que su petición había sido atendida porque se oyeron gritos entre los reunidos y se vieron gestos que demostraban miedo.
—Eso es lo que le ocurrió a la Tía Angustias y no creo que cueste adivinar cuál fue la consecuencia.
Don Alfonso miró receloso al sargento y objetó:
—Pero usted no puede saber… Además, eso es una tontería.
—Es pura deducción, señor cura —sabía que le molestaba que lo llamaran así.
—Deberá explicarse.
—Lo estoy haciendo.
››En la casa habían cinco personas, la Tía Angustias, María, Damiano y los dos hijos del matrimonio. Estos últimos no los tendremos en cuenta porque, como bien ha apuntado alguien, los niños duermen profundamente y no se enteran de nada.
››La Tía da un grito capaz de despertar a los vecinos (Téngase en cuenta que, a causa del frío, todos tenemos nuestras casas bien cerradas) y acudimos a enterarnos de lo que ocurre y ofrecer nuestra ayuda si es necesaria. ¡Ah! Pero resulta que el alarido capaz de traspasar muros y calles no ha despertado al matrimonio Perales. Hemos de aporrear la puerta, al menos durante cinco minutos, para que salga Damiano indignado y detrás su mujer con cara de sueño. ¿No les parece extraño?
Entre el padre Alfonso y un vecino del pueblo sujetaron al mencionado que amenazaba con lanzarse sobre el sargento con no demasiado buenas intenciones.
—Esos mismos dormilones fueron los que se mostraron reacios a dejarnos subir para averiguar lo que le ocurría a la Tía Angustias. No lo consiguieron y, a nuestra llegada, la encontramos como todo el mundo sabe.
››Críspula y Evarista, mujeres piadosas, se apresuraron a recomponer el cadáver devolviendo una apariencia de dignidad a la difunta, pero a la hora de cubrirlo no encontraron una sábana para hacerlo. El cuerpo del ropero destinado a guardarlas estaba cerrado con llave y la dueña de la casa aseguró no saber dónde se hallaba esta ya que se había dado por perdida mucho tiempo atrás; otro detalle anómalo aunque con una muy plausible explicación.
››Acude el vicario…
—¿Eso también es raro? —peguntó este, airado.
—No he dicho tal cosa. Sin embargo, su presencia, por asociación de ideas (usted me perdonará), me hizo mirar hacia casa de Bernarda. Allí sí se producía otro hecho raro.
—No tengo nada que ver con lo ocurrido aquí —aseguró la bruja.
—Tampoco yo lo digo —manifestó Porras—, pero cuando mi vista alcanzó su casa estaba usted bailando en la terraza. Convendrá que no es lo normal para hacer en una noche especialmente fría del mes de febrero, bajo una fenomenal tormenta, en un recóndito valle del Pirineo aragonés.
—¿No dicen que soy una bruja? —habló Bernarda con una mezcla de arrogancia, desprecio y rabia—. ¡Pues eso es lo que hacemos nosotras!
—¡No, no! —sonreía el sargento meneando el índice de un lado a otro—. Usted estaba en pleno ritual. Cierto. Pero no por gusto sino por obligación. Al menos por lo que usted se ha auto atribuido como tal —¿Valía la pena hacer una referencia a la similitud con las obligaciones litúrgicas de don Alfonso? Porras lo dejó correr y prosiguió—: Sin tener nada que ver con lo acaecido en esta habitación, como le pasa a don Alfonso —No lo pudo resistir.—, practicaba usted sus liturgias al igual que sus rezos el vicario, con los mismos o parecidos fines.
Aquellos dos, se podría decir que compañeros a la vez que antagonistas, cruzaron una larga y sostenida mirada cargada de muchas cosas, pero ambos guardaron silencio.
—El hecho extraño es que ese ritual lo practicara en aquel momento y de cara a esta casa. Me pregunté si quizá pudiera saber algo que yo ignorase, hice una alusión en voz alta y nuestro querido cura se enfadó. Al día siguiente, es decir, esta mañana mantuvimos la conversación que ya conocemos. De ella se deriva el hecho más extraño de todos. A saber: la escena que acabó con la vida de Tía Angustias se había producido, por repetido, las dos noches anteriores en la buhardilla.
››El último hecho, este absolutamente fortuito, se ha producido hace unos minutos. Es el que me ha abierto definitivamente los ojos. Hablo del tropezón y posterior caída de Bernarda. Caída durante la cual la linterna que llevaba en la mano ha iluminado el cuerpo y la cara de la mujer de una forma extraña, de abajo arriba, dándole un aspecto absolutamente terrorífico en medio del apagón.
››Si la Tía Angustias, con su débil corazón, hubiera sido testigo de la escena estando sola, me he dicho, seguro que el desenlace habría sido fatal. Ello me ha hecho pensar en que un muñeco adecuadamente iluminado habría surtido el mismo efecto.
››¿Un muñeco construido con cañas y ropa vieja? Eso explicaría la presencia del saco, los trozos de cordel y las astillas en el desván.
››Pero el corazón de la Tía Angustias resistió unos segundos más de lo previsto y dio tiempo de que lanzara aquel brutal y desgarrado alarido que nos despertó. No había tiempo de deshacerse del muñeco porque ya empezábamos a aporrear la puerta. He aquí el porqué de la tardanza en abrir y de la reticencia a dejarnos pasar.
››Bernarda afirma que el ‹‹aborrecible ser del submundo›› se desplazaba por el aire, sin tocar el suelo… ¡La polea! Al fin supe para qué había servido la polea o, mejor dicho, ‹‹las›› poleas. Porque fueron dos y no una. La de encima de la cama fue quitada y seguramente la encontraremos junto al muñeco, pero la otra, ya sea por descuido o por falta material de tiempo, se quedó puesta —el sargento se dirigió a la mujer de Damiano—: Muy ingenioso lo del candil, señora Perales. Pero la electricidad llegó a este pueblo hace casi setenta años y ese artilugio no pasa de los dos o tres.
››Iluminado descubrió dos agujeros en una viga de la buhardilla. Si se toman la molestia de ir a verlos, cosa que no les aconsejo, comprobaran que están dispuestos de la misma forma que estos —señalaba la polea que ahora sostenía la luz y el agujero que había dejado en el otro lado de la viga—. Supongo que no es tarea fácil hacer mover un muñeco de tamaño natural de forma convincente; hay que ensayar antes. He aquí el porqué de los agujeros de Iluminado que no fueron hechos por unos inocentes cáncamos para tender ropa sino por las dichosas poleas.
››La pobre Tía Angustias descansa bajo una sábana pequeña para su lecho. Será mejor cambiarla por una de su medida ¿Me da la llave del armario, María?
La mujer de Damiano se quedó lívida. No sabía qué hacer ni dónde mirar. Al final, metió la mano en el bolsillo del delantal y dio a Porras lo que le pedía.
El sargento abrió la puerta del ropero y, sobre un montón de sábanas limpias descansaba una especie de espantapájaros hecho de cañas atadas con trozos de cordel. Estaba vestido con harapos y le cubría la cara una máscara de silicona, de las que venden por carnaval, que representaba una calavera. En su interior, cogida con alambres, se sostenía una linterna enfocada hacia arriba.
Al sacarlo, cayó algo al suelo. Era una polea de esas que tienen un tornillo, igual a la que ahora sostenía la luz de la cama de la Tía Angustias y que nunca había sostenido ningún candil.
—Ahora el ayuntamiento lo tendrá más fácil —comentó Porras.
—¿Qué será más fácil? —quiso saber don Alfonso.
—Lo del desahucio. La Tía Angustias estaba arruinada desde que hace unos años alguien la engañó y compró unas ‹‹acciones preferentes de una caja de ahorros››. No pagaba los impuestos y la casa está embargada. El ayuntamiento está reteniendo una orden de desahucio porque le daba pena. Parece que no había dicho nada a sus sobrinos.
Los oídos de don Alfonso estuvieron a punto reventar al escuchar la sarta de blasfemias que salieron de la boca de Damiano.


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 Aquí se acabó la historia.

A partir de este momento, Agapito Porras y su sobrino Iluminado volverán a su rutina. Gozarán de la paz y la tranquilidad de Casones y se dedicarán a ordenar el tráfico de vehículos en la N 260 a su paso por Arnansué; ya sabéis, entre Bisauri y Castejón de Sos. Cerca de Cerler, en pleno Pirineo Aragonés.

Cuando se vuelvan a ver en alguna situación singular, volveremos a seguirlos desde aquí. Pero no os despeguéis demasiado del sitio que, a lo mejor, pasan otras cosas entre tanto.

¡Hasta mañana!

Los fantasmas del sargento Porras (IV)

Cabecera

La concurrencia, muda de terror, no se atrevía ni a recular siquiera. No, hasta que la pobre bruja dio un traspiés y se abalanzó hacia delante.
—¡Ah…! —gritó la mujer mientras caía.
—¡Ah…! —gritó el resto, a coro, incluido don Alfonso mientras, esta vez sí, reculaban un paso.
Se formó un griterío y hubo cierto alboroto. El sargento instó a su sobrino a que se situase en la puerta y, por nada del mundo, permitiese a nadie salir de la estancia. Cuando estuvo seguro de que ninguno de los presentes podría abandonar la alcoba sin vérselas con Iluminado, cosa harto peligrosa para cualquiera que lo intentara, llamó la atención golpeando el entarimado con el tacón de sus botas mientras llamaba a gritos:
—¡Señoras y señores!
El sonido fue aminorando y en el momento en que se produjo silencio continuó hablando.
—Me veo en la muy triste situación de tener que informar a los vecinos de Casones que la ciudadana conocida como ‹‹La Tía Angustias›› murió la noche pasada, víctima de un homicidio intencionado, es decir… Asesinada.
Otra vez las voces invadieron el ambiente. Las expresiones de asombro se mezclaban con las de incredulidad y con las de indignación.
—La Tía ha muerto de un ataque al corazón —aseguró airado Damiano—. Todo el mundo lo sabe.
—¡Claro!
—¡Sí!
—¡Cómo se atreve!
Unos cuantos increpaban al sargento mientras otros pedían silencio a fin de que pudiera explicarse con mayor claridad.
—Iluminado nos ha iluminado…
—¡ja, ja, ja…!
Eran las primeras risas que se oían en el pueblo desde hacía veinticuatro horas.
—Quise decir el guardia Iluminado Porras —corrigió el sargento añadiendo—: nuestra querida y nunca demasiado admirada convecina Bernarda…
Murmullos de desaprobación.
—… y, por supuesto, don Alfonso.
Todos, de Bernarda al padre Alfonso, pendían de los labios del sargento de la policía municipal de Arnansué, Agapito Porras.
—Un detalle llamó mi atención nada más entrar en esta habitación la noche pasada: la posición en que encontramos el cuerpo de la difunta. Admito que el dolor pueda haber sido la causa del encogimiento de piernas, pero… ¿Por qué aquella postura de brazos? No supe entenderlo entonces. Algo, a su juicio, la amenazaba e intentó zafarse de ello protegiéndose de aquella manera. No me cabe la menor duda. Por eso manifesté mi deseo de que nadie tocara nada, sobre todo el cuerpo de la difunta, hasta que llegara un juez, ¿lo recuerdan?
Críspula y Cliseo asintieron y Fructuoso pronunció una obscenidad a cuenta del estamento judicial.
—Algo, sin yo mismo saberlo, me llamaba a reclamar una investigación de lo ocurrido en esta habitación y es por eso que no bajé la guardia.
››No quise llamar la atención ni despertar la sospecha de nadie sobre mi todavía borrosa intuición. Lo que sí hice fue tomar las debidas precauciones y, si se fijan, no permití que este cuarto quedara sin vigilar ni un solo instante. Esperé un buen rato para que mi sobrino, policía del municipio, recuérdenlo, hubiera dormido el suficiente número de horas e hice que me relevara en la guardia para poder dormir yo también.
››Si recuerdan, durante la tormenta, apunté la posibilidad de que Bernarda hubiera sido testigo de la muerte de Tía Angustias, lo que encolerizó a don Alfonso. En ese momento tomé la decisión de, al día siguiente, ir a visitarla y saber de primera mano su versión de los hechos.
››Antes ocurrió el incidente en que casi la diña el cura
—¡Eh, oiga! —se quejó este.
—Le pido perdón. Debería haber dicho el accidente de la ventana, el viento, la estola de don Alfonso y la polea en la viga. Por cierto… Una cosa extraña aquella polea allí, ¿no creen?
Damiano saltó como una fiera.
—¡Ya dijo mi mujer por qué estaba! ¿No hay bastante con eso?
—Lo del candil —se oyó la voz tímida de María, ¿recuerda?
—¡Claro! —concedió Porras—. Lo del candil, es cierto.
Hizo una pequeña pausa y señaló a la bruja para seguir diciendo:
—Esta mañana he ido a ver a Bernarda. No la he encontrado en su casa y he tenido que buscarla por ahí.
—Estaría celebrando aquelarre —opinó irónico don Alfonso.
—¡Bruja!
—¡Miserable!
—¡Asesina!
Las iras del pueblo amenazaban desatarse.
—¡Calma! —reclamó Porras—. Y, sobre todo, no se precipiten en sus juicios.
—Ya le he dicho esta mañana que no le tenía miedo —dijo Bernarda—. A ellos tampoco.
—Esta mañana ha mentido igual que lo he hecho yo al decirle lo mismo a usted. Pero ahora es diferente. Ellos —el sargento hizo un gesto amplio señalando a la concurrencia— le muestran temor por inercia, por costumbre, por cultura, pero no por convicción. Y menos cuando están en grupo. Si sospechan que les puede usted agredir de alguna manera, sepa que tiene los minutos de vida contados.
—Nunca he agredido a nadie.
—Es igual, si lo creen así.
—¿Qué pretende ahora de mí?
—Que relate, lo más fielmente posible, nuestro encuentro de esta mañana y diga lo que me ha explicado.
Bernarda hizo lo que le pedía Porras sin omitir ni el menor detalle. Cuando acabó, volvió a tomar la palabra el sargento.
—Cada uno bajo su prisma, don Alfonso y Bernarda comparten lo terrenalmente sustancial de este acontecimiento, es decir, que alguien le ha robado el alma o espíritu a la Tía Angustias.
—Mucho habría que matizar lo que afirma usted para poder admitirlo —se quejó, molesto, el sacerdote.
—Ese tipo de matices —contestó Porras categórico—, no me corresponde a mí juzgarlos. Yo solo opino de lo que se puede ver y tocar con las manos.
La tensión crecía y nadie se atrevía a decir nada salvo el sargento que continuó explicando:
—Y si hubo robo, necesariamente hubo también ladrón. Sé quién es, sé que está ahora mismo aquí y me propongo desenmascararlo.
Vocerío general otra vez. Quejas, algún insulto y unos cuantos, asustados, intentaron marcharse.
—El guardia Porras ha recibido la orden expresa de no dejar salir a nadie. Así que será mejor que se calme todo el mundo.
Se restableció el orden y, cuando cesaron los murmullos, el sargento añadió:
—Este es el momento de volver al principio y repetir lo que dije: Iluminado me ha iluminado. Sin su capacidad de observación, yo no podría haber resuelto este caso.
El enorme agente ensanchó los mofletes y su boca dibujó una sonrisa de oreja a oreja.
—Tras la conversación que mantuve esta mañana con Bernarda, quise ver la buhardilla. Como esta habitación se hallaba llena de gente y podía decirse que se ‹‹autovigilaba››, me llevé al guardia y, entre los dos, echamos un vistazo. No había mucho que ver más allá de un baúl vacío, un saco con ropa vieja y polvo en el suelo sobre el que se dibujaban señales evidentes de haber arrastrado algo. ¿Quizá el saco?
››En lo que sí me fijé es en la ausencia de cristales en las ventanas. Ventanas desde las cuales se goza de una perfecta visión de casa de Bernarda. El agente, sin embargo, se fijó en algo mucho más importante. Me llamó la atención sobre la costumbre de la familia Perales de agujerear las vigas y él mismo dio una muy plausible explicación del hecho. Opinó que seguramente hubo clavos en aquella viga para sujetar una cuerda en la que tender la ropa mojada los días de lluvia.
››Fiel a la máxima de que, en una investigación, todo lo que no es absolutamente normal hay que observarlo y valorarlo aparte, aunque parezca no tener relación con el caso, hice memoria y me vinieron a la mente varias cosas que cumplían la condición expuesta.
Hizo una pausa en el discurso mientras apartaba a la gente de delante del lecho de la Tía Angustias.
—Miren —ordenó señalando el cadáver—. ¿Ven algo que no sea absolutamente normal?
Silencio por respuesta.
—¿En las camas de todos ustedes, las sábanas cuelgan apenas cinco centímetros por cada lado?
—¡No!
—¡Qué tontería!
—Palmo y medio ¡Como poco!
Un ruido fenomenal distrajo la atención de todos. Damiano, harto de todo, había descargado un puñetazo sobre el lateral del ropero y se quejaba amargamente a voz en grito:
—¡¡Qué pasa!! ¿No se ha explicado ya? Mi mujer se equivocó al traerla.
—No discuto eso. Simplemente digo que es extraño ver una cama así. También María explicó el por qué de la polea en la viga, pero ello no quita que sea extraña su presencia.
—¿Dónde quiere ir a parar? —preguntó don Alfonso al que lo que estaba ocurriendo le parecía impropio, sino irreverente, ante un difunto.
—¡Cliseo! —llamó el sargento sin hacer caso al cura.
—¡Mande!
—¿Que hiciste ayer durante el día?
—¡Trabajar como un borrico! Por la mañana me metí con el campo de las tomateras arrancando todo lo…
—No es necesario que sigas. Solo quiero saber si, a la hora de acostarte, estabas cansado.
El hombre abrió los brazos y fue Evarista la que contestó:
—Muetecico me vino el pobre, que no se aguantaba en pie. Tres peroles de migas y dos morcillas enteras se comió pa la cena y aun tuve que darle un tazón de leche con bollos después.
—Ya. Es decir, con el cuerpo cansado y arrastrando una digestión algo pesada… No dejó de oír el grito de la Tía Angustias, ¿verdad?
—¡Cómo quiere que no lo oyese! Todos los que vivimos cerca lo oímos: nosotros, la Críspula y el Fruti y usted mismo.
—Otra cosa rara —afirmó Porras—. Damiano y María no se despertaron por el grito sino porque aporreamos la puerta después.
—Tampoco se despertaron los niños —observó María.
—Esos —dijo alguien— son como topos. No los despierta nada.
—Exacto —estuvo de acuerdo el sargento—. Les pasa lo mismo a Iluminado que es como una marmota; ese es otra cosa rara.
Varias miradas se desviaron hacia el agente que montaba la guardia en la puerta con mucha dignidad y mantenía la vista perdida en el infinito.
—Y para cosas raras: Las equivocaciones del ladrón de almas. Según dice Bernarda, se confundió, por dos veces, buscando en el desván antes de dar con su objetivo.
—¿Qué valor tienen las palabras de una bruja? —exclamó, más que preguntó, el padre Alfonso.
—¡Eso! —apoyó Damiano—. No hay que hacerle caso.
El conjunto de los presentes pareció estar de acuerdo con el dueño de la casa y se reanudaron, entre murmullos, los comentarios y frases amenazadoras en contra de ‹‹la bruja››.
—Todas esas cosas sumadas a la desaparición de una linterna y de la llave de un armario han hecho que llegara a determinadas conclusiones.
››La Tía Angustias murió la noche pasada víctima de un segundo infarto de miocardio…
—¡Es lo que decía yo! —exclamó Damiano, casi sonriendo, satisfecho de que, al fin, la razón recuperase su trono.
Porras obvió el comentario y continuó:
—Dicho infarto fue causado por un susto mortal y dicho susto por los actos premeditados que a continuación explicaré.


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El lunes que viene, 30 de mayo, a las 11:15 horas, igual que hoy, podréis continuar leyendo, en este mismo sitio, el capítulo quinto y último.

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¡Hasta el lunes!

Los fantasmas del sargento Porras (III)

Cabecera

La Tía Angustias estaba rodeada de un grupo de vecinos piadosos.
Porras, antes de llegar, había pasado por su casa para telefonear al ayuntamiento de Arnansué, municipio del que dependía el núcleo de Casones. Le dijeron que no intentara acercarse porque la N-260 estaba cortada entre Laspaúles y Castejón; todo el Pirineo oscense estaba bloqueado.
—Buenos días —saludó al entrar.
Pese a ser casi mediodía, la habitación estaba en semipenumbra.
—¿Por qué no encienden la luz de la cabecera? —preguntó—. No se ve nada.
—Ya lo hemos intentado —informó el guardia—, pero no funciona.
Volvió a hacerse el silencio. Solo se oía el susurro de las oraciones de las beatas.
Iluminado hizo una seña a su tío y salió del cuarto.
—Se habrá ido a mear, el pobre —dijo el Fruti al oído del sargento—. O a meter algo en la tripa, que ha de estar desmayaíco.
Se equivocaba solo a medias porque volvió con la boca llena de algo, pero no había salido solo a eso.
—Mira, tío. —Traía un rollo de cordón eléctrico con una bombilla en un extremo y un enchufe en el otro—. Como hay poca luz y no funciona la de la cama… Pienso que servirá para iluminar donde la difunta.
Porras reconoció que, por una vez, su sobrino había pensado algo útil.
—¡Damiano! —llamó.
—¡¡Chsss…!! —murmuraron los presentes.
El dueño de la casa preguntó desde abajo:
—¿Qué se me quiere?
—¿Dónde hay un enchufe cerca de la cama?
La luz se encendió, pero se les planteó un problema: no sabían de dónde colgarla. Iluminado, que tenía un día inspirado, hizo honor a su nombre y tuvo otra idea. Se fue junto a la ventana y, aprovechándose de su altura, solo tuvo que estirar el brazo para llegar a la polea que había en la viga y que casi mata al cura. La desatornilló y se acercó al lecho mortuorio.
—Antes he visto por aquí un agujerico, tío —dijo señalando otra de las gruesas vigas—. Si encaja esto, lo tendremos arreglado.
Probó y el artilugio quedó fijado en menos de medio minuto.
—Ni hecho ex profeso, tío. Ha encajado a la primera.
Casones
El matrimonio Perales empezaba a estar harto de ver su domicilio invadido.
—Tendríamos que poner a la Tía Angustias en la entrada —decía María—. O, mejor aun, haber hecho caso al padre Alfonso y llevarla a la sacristía.
Estuvo a punto de producirse un incidente desagradable cuando Porras quiso subir a la buhardilla. El dueño de la casa, fuera de sí, le cortó el paso diciéndole que se metiera en sus asuntos en vez de fisgonear en casas ajenas y fue en vano que el sargento intentara hacerle ver la diferencia entre fisgonear e investigar. Tuvo que ser Iluminado, haciendo valer a modo de amenaza su corpulencia, quien disuadiera al iracundo Damiano.
—Pregunta si tienen una linterna —dijo el tío al sobrino, una vez resuelta la situación, tras comprobar que el desván carecía de instalación eléctrica.
El sargento se acercó a la ventana, desprovista de cristales, y comprobó que desde allí se veía perfectamente la casa de Bernarda.
—Se ha perdido.
El guardia había regresado y habló a dos palmos del cogote de su tío que dio un respingo y pronunció una blasfemia.
—¡Maldita sea! Me has asustado. ¿Qué se ha perdido?
—La linterna. Los niños la han buscado en su sitio: el primer cajón de la cómoda de la entrada, pero no la han encontrado. María asegura no haberla visto desde hace ya varias semanas. He traído esto.
Enseñó un par de velas y una caja de cerillas.
Lo que se podía ver allá arriba era tan poco que con la luz de las velas sobraba; un baúl vacío en un rincón y un saco lleno de trapos y ropa vieja al lado que, por las marcas que había dejado, debía haber sido arrastrado hasta allí. Esparcidos por el suelo, habían virutas de caña, restos de cordeles y un rollo de alambre enmohecido.
—Mírala —dijo el sargento señalando la ventana.
La luz de casa de la bruja se acababa de encender.
—Es Bernarda —dijo Iluminado—. ¿Nos estará mirando ella a nosotros?
El tío movió la vela de un lado a otro y la tétrica silueta, recortada al contaraluz, dio muestras evidentes de devolver el saludo haciendo señas con los brazos.
—Sí. Nos estaba mirando.
El sobrino, en cambio, miraba otra cosa.
—Esta gente —decía con media sonrisa mientras enseñaba a su tío un agujero en una de las vigas— se pasa la vida poniendo clavos.
—¿Para qué lo harán?
—Solo se me ocurre que hayan puesto alguna vez una cuerdecica para tender la ropa los días de lluvia. Seguro que si buscamos, encontramos un agujerico igual en el otro lado.
Lo hicieron y resultó cierto el vaticinio del agente Iluminado Porras. El sargento Agapito Porras pensó que su sobrino era menos tonto de lo que parecía.
* * *
—Ave María Purísima.
Acababa de entrar en la estancia el padre Alfonso y todos contestaron:
—Sin pecado concebida.
La noche había ido cayendo lentamente sobre Casones sin que nadie se apercibiera de ello y cuando un corte de electricidad apagó la bombilla, todo quedó negro por un instante. Al volver a encenderse, los concurrentes suspiraron con alivio y se requirió de la casa alguna vela ‹‹por si acaso››.
El padre Alfonso anunció que se proponía rezar un rosario por el alma de la Tía Angustias y, unos minutos después, todo el pueblo estaba apelotonado en la habitación de la difunta.
Las oraciones se iban sucediendo, repitiéndose una y otra vez, mientras la temperatura de la estancia aumentaba lentamente a causa del número de personas congregadas. Se respiraba un clima de paz al que contribuía el olor de la cera quemada. Y todo ello solo era interrumpido, de vez en cuando, por algún parpadeo o pequeño corte de electricidad.
Acabadas las diez Avemarías, el Gloria y la jaculatoria correspondiente al último de los cinco misterios, que fueron dolorosos porque era viernes, se decidió concluir con el rezo de la letanía de los Santos.
Tras un rato de la monótona serie de invocaciones y ruegos, la mayoría de los presentes comenzaban a dar señas de hallarse en un estado de somnolencia.
Y la letanía continuaba:
—Santa Inés,
—Ruega por nosotros.
—Santa Cecilia,
—Ruega por nosotros.
—Santa Anastasia,
—Ruega por nosotros.
Un brevísimo respiro.
—Todas las santas vírgenes y viudas,
—Rogad por nosotros.
—Todos los Santos y santas de Dios,
—Interceded por nosotros.
Otro respiro.
—Muéstratenos propicio,
—Perdónanos, Señor.
—Muéstratenos propicio,
—Escúchanos, Señor.
De nuevo otro respiro. Este más largo porque el padre Alfonso se tuvo que limpiar la nariz que le destilaba.
—De todo mal,
—Líbranos, Señor.
—De todo pecado,
—Líbranos, Señor.
—De tu ira,
—Líbranos, Señor.
—De la muerte súbita e imprevista,
—Líbranos, Señor
—De las asechanzas del demonio, …
Un ruido inesperado en la escalera. La oración interrumpida. Todas las caras vueltas hacia la puerta. Silencio general, ojos fuera de las órbitas y aliento contenido.
Coincidiendo con el enésimo apagón, en la habitación entraba Bernarda con una luz en la mano.


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El jueves que viene, 26 de mayo, a las 11:15 horas, igual que hoy, podréis continuar leyendo, en este mismo sitio, el capítulo cuarto.

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¡Hasta el jueves!

Los fantasmas del sargento Porras (II)

Cabecera

La escena anterior casi acabó en tragedia. La estola que llevaba don Alfonso, agitada por el aire, se enredó con algo que sobresalía de una de las vigas y, al perder él el equilibrio y caer, quedó colgado por el cuello, sin atinar a ponerse en pie a causa de los nervios.
Porras lo levantó mientras Fructuoso desenganchaba la estola del techo. Entretanto, las tres mujeres consiguieron cerrar la ventana, devolviendo una relativa normalidad al ambiente.
—¿Qué demonios hace eso ahí?
La pregunta del sargento no iba dirigida a nadie; era más bien una exclamación. María, muy agitada por lo ocurrido, no lo entendió así y contestó, sonando sus palabras casi como una disculpa:
—Es de cuando en esta alcoba no había electricidad. Servía para colgar un candil y poder subirlo y bajarlo.
El policía entendió lo que la mujer explicaba al fijarse en que el artilugio era una pequeña polea que se hallaba atornillada en la madera.
—¡Cliseo! —llamó Porras sin hacer caso de la mujer.
—Mande, sargento.
—Vaya a buscar a mi sobrino. Dele fuerte a la puerta porque es como una marmota y le cuesta despertarse.
Iluminado Porras medía casi dos metros de altura y pasaba los de cien kilos de peso. Era el sobrino del sargento, también pertenecía al cuerpo de la policía municipal del municipio de Arnansué, pero no tenía graduación.
—Te vas a quedar en esta habitación hasta que vuelva yo por la mañana —dijo el sargento al guardia cuando este llegó.
—¿Todo el rato? —se quejó el otro.
—Sin salir para nada, ¿entendido?
—Sí, tío —y añadió tras un breve instante de duda—: Voy a desalojar antes, por si acaso.

* * *

A las siete y media, tras algo más de cuatro horas de sueño, Porras volvía a salir de su casa. El viento y la tormenta habían cesado. Ahora nevaba copiosamente y un grueso manto de más de un palmo cubría el suelo. Desde la puerta, miró la ventana de la alcoba de la Tía Angustias y se dijo que su sobrino podía esperar un rato. Así pues, caminó en dirección contraria atravesando el prado hasta el camino del linde del bosque que conduce al domicilio de Bernarda.
Empezaba a amanecer. La luz blanquecina y lechosa permitió que el sargento se apercibiese de que, poco antes, alguien le había precedido en su andar. Quien fuera calzaba un número pequeño y usaba zapatos, o botas, muy puntiagudas.
Llegado a su destino, llamó con insistencia sin obtener respuesta. Dio la vuelta al caserón y en la parte trasera descubrió de nuevo las huellas que viera antes en el sendero. Se adentraban en el bosque y dudó en aventurarse porque no seguían ningún camino y la niebla limitaba la visión. Le ayudó a decidir el hecho de que, al asomarse al interior de la espesura, comprobara que las estratificadas copas de los abetos, actuando como un gigantesco paraguas, no dejaban pasar apenas los copos de nieve y la niebla era escasa, levantándose en forma de jirones de los charcos y el musgo.
Avanzó con precaución y notó que la temperatura ascendía. Eso lo animó a seguir y anduvo durante unos minutos hasta que se dio cuenta de que la luz había ido disminuyendo poco a poco y de que no sabía bien dónde estaba. Dio una vuelta sobre sí mismo y todo le parecía igual. De vez en cuando, desde lo alto, se filtraba algún finísimo rayo de luz que no hacía sino desorientarlo más. Tenía la sensación de hallarse en el interior de una inmensa catedral gótica iluminada únicamente por un solitario cirio.
El corazón le dio un vuelco. ¿Era música lo que se oía a lo lejos? Caminó en dirección al lugar de donde venía el sonido y cada vez lo escuchaba con mayor claridad. Alguien cantaba; no era una sino varias las voces que se oían entonando una melodía extraña que encogía el alma.
Corrió hacia el origen de aquella extravagante sinfonía y de pronto se vio frenado por un muro de color verde muy pálido que se alzaba ante él. Los cánticos, muy definidos ya, sonaban justo detrás. ¿Cómo se llegaba hasta allí? ¿De qué manera se podía atravesar el muro? ¿Existía alguna puerta? Extendió sus brazos con precaución para tocar con las manos aquella glauca pared, pero no podía llegar a hacerlo.
De pronto se dio cuenta de que ya no veía sus manos; se habían adentrado en el muro sin llegar a notar contacto alguno. Avanzó muy lentamente medio paso y sus brazos se hundieron hasta el codo en aquella fantasmal construcción verdosa que, vista desde cerca, parecía gozar de vida propia. Sin pensarlo más, contuvo la respiración y se lanzó hacia delante. Durante un segundo perdió el mundo de vista para, sin solución de continuidad, quedar cegado por una brillante luz y notar un intenso calor.
No tardó en descubrir que se hallaba en un pequeño claro del bosque y que la luz y el calor procedían de una enorme hoguera. Alrededor del fuego bailaban y cantaban tres mujeres de las cuáles dos, al verlo a él, salieron corriendo despavoridas como alma que lleva el diablo. Detrás suyo, ahora lo veía claro, lo que había era una pared de niebla que, iluminada por el fuego, reflejaba el color verde de la hierba; allí, por efecto del calor, la nieve se había derretido y la humedad del suelo, convertida en vapor, se levantaba en vertical convirtiendo el claro en una gran habitación sin techo.
Bernarda, la mujer que no había huido, lo miraba con altivez.
—No me das miedo —mintió.
—Tampoco tú a mí —mintió Porras también.
—Esta noche ha ocurrido un suceso espantoso.
—Lo sé.
—No.
—¿Qué quieres decir?
—Crees, como el resto de los habitantes de Casones, que la Tía Angustias ha muerto.
—¿Y no es así?
—Sois todos unos ignorantes.
El sargento no esperaba tal acusación y guardó silencio en espera de que Bernarda se explicara.
—Le han robado el aliento —continuó la bruja—. Un aborrecible ser del submundo, mezquino y envidioso, ha entrado en la alcoba de la desdichada cuando las campanas daban las doce; momento confuso que no pertenece ni a un día ni a otro. Y, aprovechándose de tal circunstancia, deslizando su nauseabundo cuerpo por el aire, sin tocar el suelo, se ha acercado a ella y le ha arrebatado el espíritu.
››Yo lo he visto desde mi casa. Hacía ya dos noches que lo intentaba, pero su necedad e insensatez le hicieron errar en ambos intentos porque confundía la habitación de su víctima con el desván de la casa. Sin embargo, la tercera noche acertó.
››Angustias —era la primera vez que Porras oía llamar a aquella mujer por su nombre a secas, sin el Tía delante— se debatía, luchaba, resistió hasta el último momento, pero el otro fue más fuerte y salió del lance con lo que había ido a buscar.Bernarda_y_amigas
››Ahora, con las dos amigas generosas que tu presencia ha ahuyentado, hemos confeccionado una infusión.
—¿Una infusión?
El sargento no ganaba para sorpresas.
—Sí. Lo que vosotros, en vuestra cultura ruin, llamáis pócima o encantamiento. Es la única forma conocida, desde la noche de los tiempos, para que, usada como se debe, libre al espíritu de Angustias de vagar eternamente en los confines del inframundo, convertida en una almeta.
Porras miró a la mujer y esbozó una sonrisa. Solo había que sustituir la pócima, o infusión, por las oraciones y cambiar el nombre del ladrón llamándolo ‹‹Ángel Divino›› en lugar de ‹‹aborrecible ser del submundo››, para darse cuenta de que Bernarda y don Alfonso coincidían en todo.


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El lunes que viene, 23 de mayo, a las 11:15 horas, igual que hoy, podréis continuar leyendo, en este mismo sitio, el capítulo tercero.

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¡Hasta el lunes!

Los fantasmas del sargento Porras (I)

Cabecera

El sargento Porras llegó pocos segundos después que Cliseo y Evarista y, al verlos, pensó que el grito también los debía haber despertado a ellos. Los tres aporreaban la puerta sin obtener respuesta
—Creo que ha sido la Tía Angustias —dijo Evarista agitada, volviendo a llamar.
Así estuvieron unos minutos más hasta que Damiano abrió malhumorado, en pijama y con un chaquetón por encima.descarga
—¿Qué leches os pasa? —espetó sin saludar siquiera.
El sargento se adelantó.
—¿Por qué ha gritado así la Tía Angustias?
El fuerte viento dificultaba la comunicación y hablaban muy alto.
—¿Quién dice que ha gritado? —contestó, airado, el dueño de la casa—. Yo no he oído nada. Duermo desde las diez y media.

—En aquel momento, las campanas de la iglesia repicaban las doce de la noche. Se volvió y preguntó a su mujer que se acercaba por detrás, despeinada y con cara de sueño—: ¿Has oído tú algo?
Hacía un frío endemoniado y el viento arreciaba cada vez con más fuerza. Todavía no nevaba, pero la tormenta hacía resonar su voz entre las montañas e iluminaba por momentos la escena, dando a las sólidas casas de piedra y pizarra un aspecto fantasmagórico y poco acogedor. Continuaron la discusión en la entrada, protegidos de la cruda intemperie. Al final decidieron que, para salir de dudas, lo mejor era subir a la alcoba de la vieja. Damiano y su mujer intentaron proteger su intimidad oponiéndose, pero fue en vano.
La comitiva corrió escaleras arriba y empujaron la puerta de la alcoba. Entraron con cuidado. Estaba oscuro. De repente, un rayo permitió a Porras ver la cama. Fue muy corto, pero tuvo bastante; no era el primer ni el segundo muerto que veía y supo reconocerlo.
Encendió la lámpara que pendía del techo y las exclamaciones de sorpresa y espanto invadieron la estancia.
—¿De dónde salen ustedes? —preguntó, muy atiesado, el sargento a Fructuoso y a Críspula, otros vecinos del pueblo, que se habían unido al coro—. ¿Cómo han llegado aquí?
—¡Rediós! —exclamó la mujer—. Pues como todos: ¡Por la escalera! Nos hemos acercado por el grito de la Tía Angustias y, como la puerta de la calle no estaba cerrada del todo, hemos entrado y ¡aquí estamos!
El sargento los miró con recelo y anunció:
—La Tía Angustias está muerta y no se puede tocar el cuerpo hasta que venga un juez.
—¡Anda ya! —exclamó ‹‹el Fruti››—. ¡Leches de jueces que no sirven pa na! Voy a buscar al que hace falta.
Se quedó mirando un momento a la muerta y reflexionó para sí desviando la vista hacia el matrimonio Perales, los sobrinos: —¡Al final vais a heredar! ¡Estaréis contentos!—. Y es que la Tía Angustias había sufrido un infarto de miocardio tres meses antes y, para desesperación de Damiano y María que se veían ya en posesión de la fortuna de la vieja, había sobrevivido.
En ese momento se cortó la luz y cuando diez segundos más tarde volvieron a verse las caras, Fructuoso ya había salido.
—A la pobre le habrá repetido el arrechucho y se ha quedado como un pajarico —Dijo María apenada.
Siguió una corta discusión que Porras sabía perdida de antemano y, entre las tres mujeres, recompusieron la postura del cadáver que yacía sobre el lecho, encogido y con los brazos de forma que parecía querer protegerse de algo.
Cuando acabaron, mientras el policía municipal seguía protestando sin que nadie le hiciera caso, Críspula fue al ropero a por una sábana limpia para cubrirla. Como estaba cerrado con llave, se la pidió a María que afirmó no saber su paradero.
—Hace años que está perdida; nadie abre esa puerta —dijo indicando que toda la ropa de cama se guardaba en el armario de su cuarto—. Ahora traigo una limpia.
Cuando lo hizo, resultó ser un poco pequeña.
—Me he equivocado y he cogido una de las mías —reconoció la mujer, nerviosa.
—No te preocupes por que se le salgan los pies —la calmó Evarista—. Total, la pobre Tía ya no se va a revolver.
Alguien llamó a la puerta. Damiano bajó a abrir y, al poco, una voz aflautada saludaba:
—Ave María Purísima.
—Don Alfonso —saludó Porras, seca pero educadamente con una ligera inclinación.
Evarista y Críspula lo hicieron de forma más efusiva.
—¡Padre Alfonso!
—¡Padre Sebastián!
Exclamaron, por orden, mientras besaban la mano del cura.
Alfonso Sebastián, el gordinflón sacerdote se acercó a la difunta y se santiguó.
—Quizá quiera rezar ella también —dijo el sargento, coincidiendo con un segundo apagón que duró incluso menos que el primero.
Lo hizo expresamente para fastidiar a don Alfonso. Señalaba hacia la ventana del fondo, a través de la cual se veía a lo lejos una mancha amarillenta en la fachada de la casa de Bernarda y, dibujada al contraluz, la silueta de una mujer que desafiaba a la tormenta danzando en la terraza.
—No me parece oportuno mentar a ‹‹la bestia›› en un momento como este —manifestó el sacerdote de la forma más solemne que pudo.
Críspula, Evarista, María y Damiano murmuraron sendas jaculatorias y se santiguaron. Fruti, que es quién había ido a buscar al vicario, hablaba en un aparte con Cliseo. El sargento insistió:
—Si nosotros la vemos a ella, forzosamente ella nos ha de ver a nosotros. Quizá sepa lo que ha ocurrido a las doce en esta habitación.
—Esta noche ha ocurrido aquí —tronó, todo lo que podía tronar la voz casi infantil de don Alfonso— que Dios ha enviado un Ángel a recoger el alma de esta mujer que su cuerpo, débil y corrompido como todo lo que es carne, no podía ya retener en este miserable mundo.
››Esa infame mujer… —señalaba la silueta de Bernarda que seguía contorsionándose desafiando la intemperie—. Ese ser del averno, entregado al pecado, está ahora mismo retorciéndose de dolor. —Don Alfonso se había puesto rojo por efecto de la ira y gritaba más que hablaba—. ¡Sí! El dolor que le ha producido la cercana presencia de un ser divino que, como nosotros en este instante, quizá ha posado su vista, a través de esta ventana, en la mansión de Lucifer.Cas_Bernarda
Bernarda, la extraña mujer que vivía en aquel alejado y tétrico caserón, al otro lado del prado, junto al bosque, que ahora se veía de forma intermitente cada vez que la iluminaba un relámpago, no era bien querida en el pueblo y, mucho menos, por don Alfonso. La gente hablaba de ella, los que se atrevían a hacerlo, llamándola ‹‹la bruja››.
—¡Oremos! —exhortó el vicario arrodillándose junto al lecho de la Tía Angustias.
Todos lo imitaron excepto Porras que seguía mirando por la ventana.
El temporal se había recrudecido. El viento silbaba al colarse por las rendijas de las ventanas y solo dejaba de oírse cuando un trueno apagaba su voz con la suya más fuerte. La tormenta estaba sobre ellos, a muy corta distancia, y el resplandor del relámpago coincidía casi con el sonido del trueno.
De nuevo se fue la luz, pero esta vez por más tiempo. El viento arreciaba cada vez con más fuerza hasta que, en un momento dado, coincidiendo con uno de los más cegadores resplandores, cedió el anclaje que sujetaba el cierre de la ventana. Esta se abrió con estrépito y la alcoba se inundó de un aire helado. Todos se volvieron hacia allí pudiendo ver con claridad la siniestra mansión de Bernarda.
La silueta de la bruja seguía distinguiéndose dibujada al contraluz, hasta que un rayo la iluminó por completo; entonces vieron que no bailaba sino que se hallaba entregada a un extraño ritual de gestos casi espasmódicos.
El padre Alfonso se levantó impulsado por la ira, corrió hacia aquel agujero que había quedado abierto al exterior y se quedó frente a él con los brazos abiertos. En esa postura, sorprendió a los reunidos con una potencia inaudita de voz que resonó en todo el valle al gritar:
¡Vade retro, Satana!


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El jueves que viene, 19 de mayo, a las 11:15 horas, igual que hoy, podréis continuar leyendo, en este mismo sitio, el capítulo segundo.

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¡Hasta el jueves!

¿Para qué este blog?

—Si no tienes un «blog de autor», no llegarás a ninguna parte.
Este fue el primer comentario que escuché cuando le dije a alguien que había acabado de escribir mi primera novela.
—Y… ¿Qué es un «blog de autor»? —pregunté, inocente de mí.
—Pues, ¿qué va a ser? —comentó mi amigo—. Un blog en el que te presentes al mundo como autor.
—¡Ah!
Se me puso cara de tonto y no osé preguntar más.
Todo vino, he de decirlo, porque tras haber dado fin a la novela y habiendo obtenido con creces el resultado o recompensa deseado, es decir, divertirme como un loco, me picó el gusanillo. ¿Qué gusanillo? El que le acaba picando, imagino, a todo el que llega a una situación como la mía.
¿Os imagináis lo que puede ser tocar un instrumento y que nadie te escuche? ¿Afinar un piano para que ningún pianista lo toque? Desolador. Lo mismo pasa cuando escribes una novela (el razonamiento vale para cualquier otro tipo de texto); cuando la has acabado, no te sientes bien hasta que alguien la lee. Pero «alguien» no significa ese familiar allegado y entregado que seguro opinará, sea cual sea la verdad, que tu libro es buenísimo. No. La pretensión es que el lector sea desconocido, anónimo y que llegue a tu obra por los canales habituales.
Y ahí está el problema.
En la anterior entrada ya me referí al tema, pero lo hice desde el punto de vista de la publicación y posterior venta. Hoy me fijo más en este sitio: el que ahora mismo tú (espero) y yo estamos compartiendo. El que pretende llegar a ser algún día «mi blog de autor». ¿Qué escribo? ¿Qué sé yo que le interese a la gente? ¿Cómo atraigo lectores?
He visitado un montón de blogs que hablan sobre el tema y todos te dicen lo que debes y lo que no debes hacer o decir. Pero ninguno, naturalmente, te da la clave del éxito. Así pues, me he decidido a seguir el más sencillo y natural de los consejos recibidos a lo largo de mi periplo por la red bloguera negra y policíaca: —escribe sobre ti —me dijo alguien en contestación a un comentario en una entrada de su blog—. Explica quién eres, lo que haces, habla de los problemas con los que te vas encontrando y de cómo los vas solucionando y verás como acabas despertando el interés de los que mañana serán tus futuros lectores.
Pues bien, en eso estoy. Y para reforzarlo os anuncio que, en fecha muy próxima, publicaré un relato corto. Lo haré dividido en cinco partes o capítulos de forma que cada uno se convertirá en una entrada de este sitio. No pediré a nadie que su suscriba ni me facilite su correo ni nada por el estilo. Quiero que esto sea un regalo absolutamente gratuito.
Cuando haya fecha prevista, será la semana que viene a más tardar, la anunciaré aquí, en Twitter y en Google+
¡Hasta entonces!